sábado, 30 de marzo de 2013

¡¡Ha resucitado!!


Se preguntaba Dostoievski si un hombre culto, un europeo de nuestros días, puede creer realmente en la divinidad de Jesucristo. La pregunta no es retórica. Más de cien mil cristianos pierden cada año la vida por la certeza de que Cristo, verdaderamente, ha resucitado. El acontecimiento de la resurrección cambió definitivamente la historia, y sigue transformando la vida de millones de personas. Como argumenta el Papa emérito en su libro “Jesús de Nazaret”, el milagro de la resurrección explica la asombrosa irrupción del cristianismo en el mundo y la no menos asombrosa disposición de tantos hombres y mujeres, dos mil años después, de abandonarlo todo por seguir a Jesucristo.
Han experimentado a Jesús resucitado como a un contemporáneo, y eso llena su vida de sentido y de alegría. De ahí su entrega incondicional, hasta el límite incluso del martirio. Hoy raramente se derrama la sangre de los mártires en Europa, pero eso no significa que los cristianos que quieren vivir su fe con coherencia no afronten serios problemas. Sucede con los médicos que se niegan a participar en prácticas que implican destrucción de vidas humanas, o con los padres que rechazan que el Estado imponga en las escuelas una formación moral contraria a sus convicciones. Denunciaba Benedicto XVI en La Habana la actitud de quienes “se lavan las manos y dejan correr el agua de la historia sin comprometerse”. Ésa es la actitud relativista que algunos pretenden imponer a los europeos, una actitud incompatible con la certeza de que, verdaderamente, Cristo ha resucitado.

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