viernes, 2 de marzo de 2012

Testimonio de Jaume Ferrer, el soldado catalán que custodió a Tejero en el penal de Figueras.

A punto de cumplirse el 31 aniversario de la falsamente llamada intentona golpista del 23 de febrero de 1981, Alerta Digital ofreció a sus lectores el testimonio de personas próximas al ex teniente coronel de la Benemérita.

Empezamos hoy la serie con el relato de un soldado catalán, Jaume Ferrer Bagaria, que hizo su servicio militar en el Centro de Instrucción y Reclutamiento número 9 en la población gerundense de Sant Climent Sassebes. Ferrer fue uno de los encargados de realizar labores de vigilancia en el penal de Figueras, donde Tejero pasó 15 de los 30 años a los que fue condenado en tres diferentes penales militares. Allí tuvo la oportunidad de conocerle de cerca y de compartir con él experiencias y anécdotas que por primera vez hace públicas en el documento que reproducimos a continuación.

“Corría el año 1985 del pasado siglo cuando me encontraba haciendo el servicio militar, “la mili”, como popularmente se la conocía, en el Centro de Instrucción y Reclutamiento nº 9 en la población gerundense de Sant Climent Sassebes. Mis funciones allí eran tareas de oficina, estando a las ordenes de un buen militar y mejor persona como era en aquel entonces el capitán Márquez.

Al mismo tiempo, de vez en cuando, me tocaba alguna que otra guardia en las garitas; por cierto, guardias monótonas que incluso se llegaban a hacer con el arma sin el cargador puesto y tan sólo con cinco balas en el cinto como munición.

Pero un día y por sorpresa dicha monotonía cambió. Llegaron unas ordenes de muy arriba que provocaron una especie de movilización dentro del acuartelamiento. La razón no era otra que la llegada al Castillo de San Fernando en Figueres (Girona) del teniente coronel don Antonio Tejero, protagonista directo del golpe de Estado ocurrido el 23-F, para continuar cumpliendo su pena de cárcel en dicho castillo.

Dentro de esta impresionante fortaleza militar, existía un edificio destinado a realizar las funciones de cárcel militar donde se internaban a algunos militares de alta graduación, que habían cometido alguna irregularidad o delito. La vigilancia del mismo la realizaba un pequeño grupo de soldados que eran más bien ordenanzas o funcionarios, tal y como los llamaríamos en la vida civil.

Pero ante la magnitud e importancia de la llegada del teniente coronel Tejero, desde el Acuartelamiento de Sant Climent Sassebes, se tuvo que formar rapidamente una unidad especial para cumplir con las tareas externas de vigilancia y protección, al mismo tiempo, del edificio-cárcel, sito en el castillo.

Todos los que fuimos seleccionados para esta tarea recibimos unas ‘clases express’ de cómo debían hacerse las guardías de una manera más seria, y nos enseñaron cómo debíamos proteger nuestra integridad y la de los presos, llegado el caso de una agresión externa. Eso es lo que realmente se percibía como temor o peligro.

Y llegó el gran día. Puedo decir que formé parte del primer grupo de soldados que inauguró dicho servicio. Por la mañana, bien temprano, fuimos llevados en autocar al Castillo de Figueres. Durante el viaje, de escasamente 30 minutos, a todos se nos notaba una cierta inquietud y curiosidad, ya que íbamos a poder estar cerca de un personaje que sin duda pasaría a formar parte de la historia de España.

A nuestra llegada al castillo ya pudimos notar que aquello iba en serio, ya que el armamento utilizado y la munición de recambio no tenía nada que ver con la que utilizabamos en el C.I.R. En el famoso Cetme utilizado entonces por las Fuerzas Armadas españolas llevábamos un cargador con 20 balas y en el cinturón tres cargadores más, también con 20 proyectiles en cada uno de ellos.

Cuando no hacíamos garita, nos ordenaban rondas de tres por todas las zonas del castillo y la verdad es que, entre una cosa y otra, se descansaba poco. La jornada era bastante agotadora y de noche se dormía poco. En total puedo decir que hice unas 32 guardias.

No era muy habitual ver a los presos y menos a don Antonio Tejero, ya que nuestras funciones tenían lugar en el exterior del edificio. Pero nunca se me olvidará el dia en que encontrándome en una garita de nivel superior por encima del patio, pude observarle mientras él cultivaba y cuidaba sus hortalizas para consumo propio en un pequeño huerto que había en dicho recinto.

Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron y debo confesar que lo que percibí estaba bien lejos de la persona que nos habían pintado. Se trataba de una persona absolutamente normal, seria y disciplinada y estoy seguro que muy patriota.

Llegó al fin el día en que me tocó realizar mis tareas de vigilancia en el interior del edificio. Se me disparó la adrenalina cuando me crucé con él. Nunca olvidaré sus primeras palabras. Me preguntó de dónde era. Al decirle que catalán noté un brillo especial en sus ojos. Me saludó muy cortésmente y en seguida surgió una fuerte empatía. Aquella persona que nos habían pintado como una especie de monstruo, en realidad se trataba de un hombre de exquisito trato, sumamente educado y extraordinariamente respetuoso. Practicamente no requería ninguna atención por parte de nosotros, ya que él mismo se bastaba en todo.

Durante las conversaciones que mantuve con él lo primero que se percibía era que se trataba de una persona bastante creyente. Era un católico muy practicante. Tal vez por esta razón entablamos una relación como de padre a hijo. Hablábamos de teología, de filosofía, le entusiasmaba la figura de San Agustín, de los místicos españoles (llegó a recitarme poemas completos de Santa Teresa de Ávila). Solía decirme que sirviera siempre con honor y con lealtad a mi país, que las ideas se extinguen pero la moral natural permanece. Que amase siempre a Cataluña y a su madre España.

Nunca le oí hablar mal de nadie, ni siquiera de los políticos. Decía que cada hombre era dueño de sus actos y que era ante Dios cuando esos actos se demostrarían acertados o no. Hablaba mucho de la importancia de la familia. Se notaba lo orgulloso que estaba de la suya.

Confieso que sentí un afecto muy intenso hacia aquel hombre tierno y sensible, bueno, honrado y leal a su patria. Pocos días antes de que mi servicio militar tocara a su fin, el teniente coronel me regaló una medalla con la imagen de una Virgen. No encuentro palabras para explicar lo que sentí en ese momento. Un militar de los pies a la cabeza, firme como el uniforme que había vestido, regalándome a mí, un humilde soldado, una medalla de la Virgen, la misma que llevaba el 23 de febrero. Se agolpan los sentimientos al recordar ese momento, sin duda uno de los más especiales de toda mi vida.

Cada mañana, don Antonio Tejero realizaba una lista con las cosas que necesitaba, básicamente para su manutención, y la entregaba al soldado encargado de las compras en la ciudad de Figueres para el abastecimiento del penal. Siempre solía incluir en la lista cosas que nos gustaban a los soldados que pasábamos más tiempo con él. Nos invitaba a comer con bastante frecuencia. Le encantaba preparar él mismo la comida. Demostraba ser la típica persona a la que le gustaba compartirlo todo con los demás. A la hora de comer solía ser siempre el último en empezar. Nunca comía si antes no lo habían hecho sus soldados, como nos decía con afecto. Comprendo por qué ese hombre había sido tan idolatrado por todos los guardias civiles que tuvo a sus órdenes.

Los mandos militares del Castillo tenían también muy buena relación con don Antonio Tejero. Se contó que, en una ocasión, el coronel del penal fue sancionado tras ser acusado de otorgarle demasiados privilegios al teniente coronel Tejero. Seguramente, la denuncia procedería de algún militar reconvertido en progre e incapaz de soportar la admiración que todos profesábamos al teniente coronel; una admiración bien ganada por él y que hizo inevitable que se eliminaran las barreras entre preso y ‘carceleros’.

Pese a su carácter entrañable con todos nosotros, don Antonio no olvidó nunca su condición de militar disciplinado, con un alto sentido del deber y con un profundísimo amor a España.

Fueron muchos los familiares y amigos que acudían casi a diario a visitarlo. En este sentido nunca llegó a sentirse solo.

Pasados ya muchos años de aquella experiencia que me marcaría para siempre, puedo decir que estoy muy orgulloso de aquel periodo de mi vida. En una de nuestras conversaciones, me pidió don Antonio que fuese siempre un buen padre y que amase a mi futura mujer y la respetase tanto como a mí mismo. Si don Antonio me está leyendo, me gustaría que supiera que he intentado cumplir con ese consejo todos los días de mi vida. Estoy orgulloso de mi familia y he intentado transmitirle todos esos valores que percibí a través de su ejemplo diario.

Don Antonio, no sé si tendré la oportunidad de volverle a ver. Nada me haría más feliz que poderle abrazar como se abraza a un padre. Pero quiero que sepa que hoy me siento más orgulloso que nunca de haberme sentido su amigo, pese a las circunstancias y a las distancias entre nosotros. Nunca dejé de considerarle un hombre de bien, un patriota intachable…

Visto cómo han evolucionado las cosas, vista cómo está España y lo difícil que nos resulta expresar nuestro españolismo en la Cataluña profunda donde vivo, comprendo que los valores morales de personas como usted nos hubiesen hecho más falta todos estos años que las mentiras sobre las que se ha ido edificando el edificio partitocrático reducido hoy a escombros. Por todo ello y con el debido respeto, me permito la libertad de cuadrarme ante usted y enviarle el recuerdo agradecido de todos los míos. Esté donde esté, gracias”.

4 comentarios:

Ocón dijo...

No sabría explicar por qué, pero no me ha sorprendido nada de lo descrito por este soldado.

Quizá me anime a postear el artículo, con la mención y enlace, si no veo aquí que tiene inconveniente.

Un saludo

Geppetto dijo...

Antonio Tejero siempre fue un magnifico oficial, un buen español, una gran persona y un excelente amigo
En la actualidad tiene ciertos problemas de salud que yo y muchisimos españoles esperamos que supere.
Es un ejemplo vivo de la decencia y la hombría de bien
http://lapoliticadegeppetto.blogspot.com/

Anónimo dijo...

me alegro de veras, solo con el ejemplo se vuelven los corazones
Desde esa fecha nos han tangado la verdad a los españoles...¿o quizas desde la muerte de carrero?.
El Rey lo sabia...y se sabrá.

Anónimo dijo...

Es el ejemplo de un buen militar, si hubiera más gente como él, España no estaría en la decadencia moral en la que ahora mismo está sumida. Es una pena que gente con la decencia de esta persona, haya acabado en el más puro ostracismo mientras otros, robando a manos llenas, haciendo conjuras en contra de nuestro país por lucrarse y tantas cosas que vemos, oímos y leémos, salen de rositas a los cuatros días de ingresar en prisión.
Conozco por la historia de España que hemos sido un país de honor, pero a partir de la transición en España se han perdido los valores morales en nuestra clase política. Gente con HONOR ha sido juzgada y defenestrada, manchando su inmaculada HONRADEZ.
Sr. Tcol. D. Antonio Tejero Molina, todavía hay patriotas que le respetan.
Un saludo a todos y disculpad por esplayarme.